viernes, 28 de septiembre de 2012

LA PROSTITUTA

Jorge Daniél Sánchez Chávez


La música retumba mis oídos. Bajo la penumbra y el humo de la discoteca, todos lucen muy eufóricos, muy contentos, desbordando desmesurada energía con esos gritos locos que hacen al bailar. Es el cumpleaños de mi buen amigo Frank Arévalo, quien celebra su cumpleaños en Aura, quien según mis amigos dicen que es la discoteca más bonita de Lima, donde va la gente in y fashion de la ciudad. Yo, en cambio, estoy en desacuerdo, pues odio las discotecas, odio esta pavorosa música de moda, odio la gente confundida que viene a hacer movimientos raros a estos lugares que me resultan insoportables. Sin embargo, hay muchas chicas guapísimas, dignas de ser amadas, pero a ellas les interesan los jovencitos bien dotados en el arte del baile y no creo que se interesen en un antisocial como yo, ya que soy un pésimo bailaor. Mis amigos de la universidad del periodismo suelen decirme que bailo como robot. Es por eso que no bailo, además soy un completo pusilánime y jamás tendría el valor de sacar a una bella mujer a bailar. Mi madre es una gran bailaora de flamenco. Cómo quisiera yo haber tenido también ese talento.

 Estoy completamente borracho, las dos cajas de cerveza que he tomado han sido suficientes. Son las dos de la madrugada y la fiesta en Aura aún comienza, pero yo ya quiero irme. Veo fotógrafos, al parecer son de Somos. Me gustaría salir retratado en la sección de sociales de dicha revista pero ni siquiera se acercan a mi grupo de amigos a fotografiarnos. Estoy sentado a una mesa con mis amigos, muy cerca  a la pista de baile. En una mano tengo un cigarrillo y en la otra mi vaso de cerveza. Mis amigos están extasiados, no sé por qué les encanta tanto Aura, bailan felices como monos, cosa que me resulta incómodo porque soy el único del grupo que no baila. Claudio, mi amigo, se me acerca y me grita a los oídos: “Santiago, no seas aburrido, saca a bailar a las flacas”. “No tengo ganas de bailar, huevón”, declino. Es la verdad, no tengo ganas de bailar, lo único que quiero es irme corriendo de esta discoteca aburrida. En todo caso, quisiera que una chica de sugerente figura me mire y nos vayamos juntos a un lugar más discreto, pero veo difícil que eso suceda, no creo que nadie me pare bola esta noche en Aura. Quiero largarme, pero tengo que aguantar todo esta incertidumbre bochornosa por Frank, mi gran amigo de la infancia, que decidió hacer su fiesta aquí y no me puedo desairarlo al irme tan rápido.

Ya es tarde, ya son como las  tres de la madrugrada. Ya es hora de irme. Entonces decido despedirme de mis amigos. Cuando me tocó despedirme de Frank, él insistió en que me quede. “Santiago, quédate, no seas cagón”, me dijo. Pero le mentí diciendo que debía irme, que mi papá estaba afuera de Larcomar esperándome. A Frank no le quedó otra más que creerme. Entonces le doy un abrazo sincero y me marcho.

Finalmente me estoy largando del desasosiego inquietante de esta discoteca. Meto mi mano al bolsillo, saco mis audífonos y pongo Tears Of Heaven, excelente balada de Eric Clapton. Estoy borracho y feliz, fumándome mi incondicional Marlboro rojo, feliz de estar lejos del tumulto y la bulla de Aura.

Antes de ir a casa me provoca caminar, pues tengo la ligera esperanza de conocer una mujer en estas calles e irnos directo a la cama. Al menos lo que quiero ahorita es disfrutar de la madrugada miraflorina escuchando esta música bienhechora que tengo en mi celular. Ahora camino por la Arequipa. He caminado bastante desde que me escapé de la discoteca, lo que me ha dejado exhausto, pero no importa, sigo caminando. Estoy escuchando Patience, de Guns N’ Roses. Amo disfrutar de mi soledad, lejos de los bailaores, lejos del perreo que me desespera y, sobre todo, lejos de Aura, la discoteca que a muchos les encanta ir, que muchos ven como algo divino, pero a mí no me parece sino una discoteca horrenda y aburrida. No es mi ambiente.

El reloj indica las cuatro y media de la madrugada. Sigo caminando en la Arequipa acompañado de mi relajante música y fumándome el décimo cigarrillo. Hasta ahora no he visto a ninguna mujer interesante caminando por la calle. Lo único que veo son las calles desoladas. Estoy completamente ebrio, escuchando baladas en mi celular y buscando una mujer que me cure de la soledad, al menos por esta noche. “Cómo quisiera irme a un telo con una flaca”, pienso, caminando angustiado, echando una pitada al cigarrillo y escuchando Maybe, soul majestuoso de Janis Joplin que a mi viejo tanto le encanta.
Entonces, sucede lo improbable: veo al otro lado de la pista, en una esquina, una silueta exuberante de mujer. “Qué rica que está esa flaca”, pienso. Para incrementar mi sorpresa, la mujer me hace un ademán con su mano indicando que me acerque. Yo obedezco su pedido y atravieso la calle para llegar a misteriosa dama. Mientras más cerca estoy de ella, advierto con más nitidez sus detalles: tiene los labios de color rojo intenso, que me provoca comer a besos, el cabello ensortijado de color marrón, un vestido floreado que deja ver su sugerente escote y notables piernas, además de unos tacones. Lleva en sus brazos una cartera negra, de cuero. Luce increíble, medio despeinada y riquísima, me digo a mí mismo, conforme voy acercándome. Tal impresión calienta los lugares más indiscretos de mi cuerpo, siento que se me eriza la piel. Al llegar, puedo advertir, por sentido común, que esta mujer es una prostituta. No hay dudas. Entonces, hago un grande esfuerzo para hablar sin que se me note la borrachera y digo:

–– Hola.

–– ¿Cómo te llamas, guapo? –– preguntó ella, sorprendiéndome.

–– Santiago –– respondí.

––Dime tu apellido –– añadió ella.

––Santiago Rufones –– respondí, un poco abrumado por las preguntas que hace ésta curiosa mujer. Entonces añado ––: Cuál es tu tarifa.

–– Treinta soles, mi amor –– respondió ella, mirándome a los ojos con creciente lujuria.

Saco mi billetera. Advierto que no me alcanza, sólo tengo quince soles. Gasté casi toda mi plata en la discoteca. “Ahora qué hago”, me digo, mientras la prostituta me mira y espera que le dé la respuesta.

––Sólo tengo quince soles –– digo, mostrándole el dinero.

––Uy, mi amor –– se lamentó ella ––. Con eso no te alcanza para nada.

––Ya pues, no seas mala. Sólo un ratito –– le pido.

Entonces ella vio mi mano y dijo:

––Dame los quince soles que tienes y ese reloj que llevas puesto.

No sé si acceder a su oferta. Este reloj me lo trago mi tía de Europa, es lo único de valor que tengo. Aunque darle a la prostituta mi reloj tal vez valga la pena. “Ya, qué importa”, pienso y me saco el reloj y se lo doy. Ella mostró una sonrisa satisfactoria y me dijo que vayamos al hotel, que está muy cerca de aquí.
Entramos en la habitación, ella intenta darme un beso pero yo me niego. Solo quiero hacerle el amor. Ella se echa en la cama, me echo a su lado y, atrevido, la toco allí abajo, en su entrepierna. Entonces, para mi asombro, siento un bulto sospechoso, un bulto que revela su identidad. “¡No puede ser, es un pene!”, pienso, alarmado. De modo que, en un destello de lucidez, me incorporo y, con todo el odio que puedo ser capaz de desvelar, le grito:

––¡Eres un cabro, un travesti!Yo pensé que eras una mujer. Me engañaste, cabro de mierda.

––Qué esperabas, huevoncito, ¿que tenga la vagina de tu flaca? –– respondió el travesti, con suma frescura, como si fuese costumbre dar esas respuestas.

Yo me desespero más y grito:

––Devuélveme mi reloj y mis quince soles, cabro de mierda.

––Imposible –– dijo el travesti, muy tranquilo, acomodándose el cabello.

––Pero no llegó a pasar nada entre tú yo –– insisto ––. No importa, quédate con la plata pero dame mi reloj.

El travesti no estuvo de acuerdo con mi sugerencia, y echado en la cama gritó a alguien: “Jordy, ven y saca a este problemático”. De inmediato llegó un hombre musculoso y me sacó a empujones del hotel.

–– Si vuelves te saco la mierda, chibolo –– gritó el hombre, quien al parecer es el proxeneta.

Salgo del hotel y voy corriendo al Parque Kennedy. Me siento a una banca a llorar de mi infortunio,  soy un completo imbécil, cómo he podido perder mi reloj y, lo que es peor, cómo he podido estar a punto de que mi primera vez sea con un travesti. Decido escuchar música, busco en mis bolsillos mi teléfono pero para empeorar mi desdicha, mi celular no está. “No puede ser, el maricón también me robó mi celular”, me dije, llorando como niño, sintiéndome lo peor de lo peor. Maldita sea, cómo no me quedé en Aura a seguir celebrando el cumpleaños de Frank. Esto me pasa por ser un completo idiota. Me quedé sin celular. Sigo llorando como un niño sin consuelo, invadido por esta incertidumbre, por esta zozobra que desquebraja mis sentidos. No lo puedo creer, la prostituta resultó ser un cabro.

No puedo volver a reclamar mi reloj y mi celular porque Jordy, el proxeneta, me botaría de nuevo a patadas. Tampoco puedo irme a la policía a denunciar el robo, sería una vergonzoso decirles que un travesti me robó en el hotel. Me dirán que soy un cabrazo. En fin, no queda otra, tengo que aceptar mi derrota, afrontar mi culpa, mi estupidez. Por suerte, tengo el consuelo de que no llegué a perpetrar ningún acto sexual con el travesti, lo que hubiese resultado fatal.

Tras una larga charla conmigo mismo, caigo en la certeza de irme a casa, de afrontar el error como un verdadero hombre. No queda de otra. Ya son las siete de la mañana, debo ir a casa. Entonces camino a la avenida Ricardo Palma con dirección a la Vía Expresa a tomar el Metropolitano. Aún no puedo entender que haya creído que era una prostituta y no un travesti, aún no puedo asimilar que un travesti me robó mi celular en el momento menos pensando y que se llevó mis quince soles y mi reloj que me obsequió mi tía. No puedo creerlo, maldita sea.

Dos días más tarde, ya más tranquilo por la trágica madrugada que viví con el travesti, llamo por teléfono a mi amigo Frank Arévalo. Lo saludo con entusiasmo, a pesar de mis disculpas, él me reprocha por haberme ido tan rápido de Aura, me regaña con cariño que fui un idiota al irme y dejar el juergón. Entonces decido contarle la historia del travesti tramposo que me robó. Le cuento todo, que no tenía ganas de quedarme en Aura a celebrar con él su cumpleaños y que, por calentón y borracho, un travesti me robó mi reloj, mi celular y mi plata. Él, al oír mi infame anécdota echa una carcajada y, al otro lado de la línea telefónica me dijo:

–– Santiago, eso te pasa por pingaloca.

Jorge Daniel Sánchez Chávez

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