La música retumba mis oídos. Bajo
la penumbra y el humo de la discoteca, todos lucen muy eufóricos, muy
contentos, desbordando desmesurada energía con esos gritos locos que hacen al
bailar. Es el cumpleaños de mi buen amigo Frank Arévalo, quien celebra su
cumpleaños en Aura, quien según mis amigos dicen que es la discoteca más bonita
de Lima, donde va la gente in y fashion de la ciudad. Yo, en cambio,
estoy en desacuerdo, pues odio las discotecas, odio esta pavorosa música de
moda, odio la gente confundida que viene a hacer movimientos raros a estos
lugares que me resultan insoportables. Sin embargo, hay muchas chicas
guapísimas, dignas de ser amadas, pero a ellas les interesan los jovencitos
bien dotados en el arte del baile y no creo que se interesen en un antisocial
como yo, ya que soy un pésimo bailaor. Mis amigos de la universidad del
periodismo suelen decirme que bailo como robot. Es por eso que no bailo, además
soy un completo pusilánime y jamás tendría el valor de sacar a una bella mujer
a bailar. Mi madre es una gran bailaora de flamenco. Cómo quisiera yo haber
tenido también ese talento.
Estoy completamente borracho, las dos cajas de
cerveza que he tomado han sido suficientes. Son las dos de la madrugada y la
fiesta en Aura aún comienza, pero yo ya quiero irme. Veo fotógrafos, al parecer
son de Somos. Me gustaría salir retratado en la sección de sociales de dicha
revista pero ni siquiera se acercan a mi grupo de amigos a fotografiarnos. Estoy
sentado a una mesa con mis amigos, muy cerca
a la pista de baile. En una mano tengo un cigarrillo y en la otra mi
vaso de cerveza. Mis amigos están extasiados, no sé por qué les encanta tanto
Aura, bailan felices como monos, cosa que me resulta incómodo porque soy el
único del grupo que no baila. Claudio, mi amigo, se me acerca y me grita a los
oídos: “Santiago, no seas aburrido, saca a bailar a las flacas”. “No tengo
ganas de bailar, huevón”, declino. Es la verdad, no tengo ganas de bailar, lo
único que quiero es irme corriendo de esta discoteca aburrida. En todo caso,
quisiera que una chica de sugerente figura me mire y nos vayamos juntos a un
lugar más discreto, pero veo difícil que eso suceda, no creo que nadie me pare
bola esta noche en Aura. Quiero largarme, pero tengo que aguantar todo esta
incertidumbre bochornosa por Frank, mi gran amigo de la infancia, que decidió
hacer su fiesta aquí y no me puedo desairarlo al irme tan rápido.
Ya es tarde, ya son como las tres de la madrugrada. Ya es hora de irme.
Entonces decido despedirme de mis amigos. Cuando me tocó despedirme de Frank,
él insistió en que me quede. “Santiago, quédate, no seas cagón”, me dijo. Pero
le mentí diciendo que debía irme, que mi papá estaba afuera de Larcomar
esperándome. A Frank no le quedó otra más que creerme. Entonces le doy un
abrazo sincero y me marcho.
Finalmente me estoy largando del
desasosiego inquietante de esta discoteca. Meto mi mano al bolsillo, saco mis
audífonos y pongo Tears Of Heaven,
excelente balada de Eric Clapton. Estoy borracho y feliz, fumándome mi
incondicional Marlboro rojo, feliz de
estar lejos del tumulto y la bulla de Aura.
Antes de ir a casa me provoca
caminar, pues tengo la ligera esperanza de conocer una mujer en estas calles e
irnos directo a la cama. Al menos lo que quiero ahorita es disfrutar de la
madrugada miraflorina escuchando esta música bienhechora que tengo en mi
celular. Ahora camino por la Arequipa. He
caminado bastante desde que me escapé de la discoteca, lo que me ha dejado
exhausto, pero no importa, sigo caminando. Estoy escuchando Patience, de Guns N’ Roses. Amo disfrutar de mi soledad, lejos de los bailaores,
lejos del perreo que me desespera y, sobre todo, lejos de Aura, la discoteca
que a muchos les encanta ir, que muchos ven como algo divino, pero a mí no me
parece sino una discoteca horrenda y aburrida. No es mi ambiente.
El reloj indica las cuatro y
media de la madrugada. Sigo caminando en la Arequipa acompañado de mi relajante música y
fumándome el décimo cigarrillo. Hasta ahora no he visto a ninguna mujer
interesante caminando por la calle. Lo único que veo son las calles desoladas.
Estoy completamente ebrio, escuchando baladas en mi celular y buscando una
mujer que me cure de la soledad, al menos por esta noche. “Cómo quisiera irme a
un telo con una flaca”, pienso, caminando angustiado, echando una pitada al
cigarrillo y escuchando Maybe, soul
majestuoso de Janis Joplin que a mi viejo tanto le encanta.
Entonces, sucede lo improbable:
veo al otro lado de la pista, en una esquina, una silueta exuberante de mujer.
“Qué rica que está esa flaca”, pienso. Para incrementar mi sorpresa, la mujer me hace un ademán
con su mano indicando que me acerque. Yo obedezco su pedido y atravieso la
calle para llegar a misteriosa dama. Mientras más cerca estoy de ella, advierto
con más nitidez sus detalles: tiene los labios de color rojo intenso, que me
provoca comer a besos, el cabello ensortijado de color marrón, un vestido
floreado que deja ver su sugerente escote y notables piernas, además de unos
tacones. Lleva en sus brazos una cartera negra, de cuero. Luce increíble, medio
despeinada y riquísima, me digo a mí mismo, conforme voy acercándome. Tal
impresión calienta los lugares más indiscretos de mi cuerpo, siento que se me
eriza la piel. Al llegar, puedo advertir, por sentido común, que esta mujer es
una prostituta. No hay dudas. Entonces, hago un grande esfuerzo para hablar sin
que se me note la borrachera y digo:
–– Hola.
–– ¿Cómo te llamas, guapo? ––
preguntó ella, sorprendiéndome.
–– Santiago –– respondí.
––Dime tu apellido –– añadió
ella.
––Santiago Rufones –– respondí,
un poco abrumado por las preguntas que hace ésta curiosa mujer. Entonces añado ––: Cuál
es tu tarifa.
–– Treinta soles, mi amor ––
respondió ella, mirándome a los ojos con creciente lujuria.
Saco mi billetera. Advierto que
no me alcanza, sólo tengo quince soles. Gasté casi toda mi plata en la
discoteca. “Ahora qué hago”, me digo, mientras la prostituta me mira y espera
que le dé la respuesta.
––Sólo tengo quince soles ––
digo, mostrándole el dinero.
––Uy, mi amor –– se lamentó ella
––. Con eso no te alcanza para nada.
––Ya pues, no seas mala. Sólo un
ratito –– le pido.
Entonces ella vio mi mano y dijo:
––Dame los quince soles que
tienes y ese reloj que llevas puesto.
No sé si acceder a su oferta. Este
reloj me lo trago mi tía de Europa, es lo único de valor que tengo. Aunque
darle a la prostituta mi reloj tal vez valga la pena. “Ya, qué importa”, pienso
y me saco el reloj y se lo doy. Ella mostró una sonrisa satisfactoria y me dijo
que vayamos al hotel, que está muy cerca de aquí.
Entramos en la habitación, ella
intenta darme un beso pero yo me niego. Solo quiero hacerle el amor. Ella se echa
en la cama, me echo a su lado y, atrevido, la toco allí abajo, en su
entrepierna. Entonces, para mi asombro, siento un bulto sospechoso, un bulto que revela su
identidad. “¡No puede ser, es un pene!”, pienso, alarmado. De modo que, en un
destello de lucidez, me incorporo y, con todo el odio que puedo ser
capaz de desvelar, le grito:
––¡Eres un cabro, un travesti!Yo
pensé que eras una mujer. Me engañaste, cabro de mierda.
––Qué esperabas, huevoncito, ¿que
tenga la vagina de tu flaca? –– respondió el travesti, con suma frescura, como
si fuese costumbre dar esas respuestas.
Yo me desespero más y grito:
––Devuélveme mi reloj y mis
quince soles, cabro de mierda.
––Imposible –– dijo el travesti, muy
tranquilo, acomodándose el cabello.
––Pero no llegó a pasar nada
entre tú yo –– insisto ––. No importa, quédate con la plata pero dame mi reloj.
El travesti no estuvo de acuerdo
con mi sugerencia, y echado en la cama gritó a alguien: “Jordy, ven y saca a
este problemático”. De inmediato llegó un hombre musculoso y me sacó a
empujones del hotel.
–– Si vuelves te saco la mierda,
chibolo –– gritó el hombre, quien al parecer es el proxeneta.
Salgo del hotel y voy corriendo
al Parque Kennedy. Me siento a una banca a llorar de mi infortunio, soy un completo imbécil, cómo he podido
perder mi reloj y, lo que es peor, cómo he podido estar a punto de que mi
primera vez sea con un travesti. Decido escuchar música, busco en mis
bolsillos mi teléfono pero para empeorar mi desdicha, mi celular no está. “No
puede ser, el maricón también me robó mi celular”, me dije, llorando como niño,
sintiéndome lo peor de lo peor. Maldita sea, cómo no me quedé en Aura a seguir
celebrando el cumpleaños de Frank. Esto me pasa por ser un completo idiota. Me
quedé sin celular. Sigo llorando como un niño sin consuelo, invadido por esta
incertidumbre, por esta zozobra que desquebraja mis sentidos. No lo puedo creer,
la prostituta resultó ser un cabro.
No puedo volver a reclamar mi
reloj y mi celular porque Jordy, el proxeneta, me botaría de nuevo a patadas.
Tampoco puedo irme a la policía a denunciar el robo, sería una vergonzoso
decirles que un travesti me robó en el hotel. Me dirán que soy un cabrazo. En
fin, no queda otra, tengo que aceptar mi derrota, afrontar mi culpa, mi
estupidez. Por suerte, tengo el consuelo de que no llegué a perpetrar ningún
acto sexual con el travesti, lo que hubiese resultado fatal.
Tras una larga charla conmigo
mismo, caigo en la certeza de irme a casa, de afrontar el error como un
verdadero hombre. No queda de otra. Ya son las siete de la mañana, debo ir a
casa. Entonces camino a la avenida Ricardo Palma con dirección a la
Vía Expresa a tomar el Metropolitano. Aún
no puedo entender que haya creído que era una prostituta y no un travesti, aún
no puedo asimilar que un travesti me robó mi celular en el momento menos
pensando y que se llevó mis quince soles y mi reloj que me obsequió mi tía. No
puedo creerlo, maldita sea.
Dos días más tarde, ya más
tranquilo por la trágica madrugada que viví con el travesti, llamo por teléfono
a mi amigo Frank Arévalo. Lo saludo con entusiasmo, a pesar de mis disculpas,
él me reprocha por haberme ido tan rápido de Aura, me regaña con cariño que fui
un idiota al irme y dejar el juergón. Entonces decido contarle la historia del
travesti tramposo que me robó. Le cuento todo, que no tenía ganas de quedarme
en Aura a celebrar con él su cumpleaños y que, por calentón y borracho, un
travesti me robó mi reloj, mi celular y mi plata. Él, al oír mi infame anécdota
echa una carcajada y, al otro lado de la línea telefónica me dijo:
–– Santiago, eso te pasa por
pingaloca.
Jorge Daniel Sánchez Chávez
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