Es madrugada en Lima. Ricardo
está en casa esperando a su novio. Se encuentra invadido por una ira
inquietante, pues todavía tiene el amargo recuerdo de lo que ocurrió el día
anterior: le llegó un sobre cuyo contenido tenía dos fotos en donde salía Enrique,
su novio, siéndole infiel con otro hombre.
Sentado en su sofá, bajo el silencio de su departamento y echando una pitada a su cigarrillo, Ricardo se siente traicionado, no entiende por qué lo ha engañado. Espera con ansias la llegada de Enrique, quiere verlo, espera escuchar sus explicaciones, quiere saber por qué lo ha hecho. En fin, está decidido a poner fin a su relación.
Sentado en su sofá, bajo el silencio de su departamento y echando una pitada a su cigarrillo, Ricardo se siente traicionado, no entiende por qué lo ha engañado. Espera con ansias la llegada de Enrique, quiere verlo, espera escuchar sus explicaciones, quiere saber por qué lo ha hecho. En fin, está decidido a poner fin a su relación.
Ricardo conoció a Enrique hace
cinco años, en un concierto folclórico. Ambos se enamoraron de inmediato, con
la mirada cómplice que se deslizaron al verse por primera vez. Desde entonces
tuvieron una relación clandestina, basada en fidelidad pero siempre con suma discreción.
Es una fría y sosegada noche de
invierno, el cielo luce tan lúgubre y sombrío como el corazón destrozado de Ricardo. Está esperando que Enrique llegue para poner fin a este cataclismo de
amor que comenzó hacía media década atrás.
Más tarde, Ricardo oyó el timbre. "Por fin llegó el hijo de puta", pensó. Se incorporó y caminó a abrir la puerta y, en efecto, era Enrique que acababa de llegar.
––Hola, mi amor–– dijo Enrique,
dándole un beso.
Ricardo correspondió fríamente el
beso.
––¿Puedo pasar?–– preguntó
Enrique.
Ricardo le hizo un ademán
indicándole que entre. Entonces entró en el departamento y ambos fueron a
sentarse a la mesa. Enrique le preguntó
qué sucedía. “Nada”, respondió Ricardo, mirándolo a los ojos con una intensidad
rencorosa que hizo que Enrique se alarmase. Ricardo le preguntó:
––¿Tira rico ese hijo de puta, verdad?
Hubo un breve silencio
––No sé de qué me estás hablando–– respondió
Enrique con creciente nerviosismo.
Ricardo se puso de pie y se
acercó a interrogarlo.
––No te hagas el loco, huevón de
mierda. Ya me enteré de todo–– le dijo, alzado levemente la voz––. Sé lo que hiciste ayer. Hace dos
semanas contraté a un detective y con él me acabo de enterar que después del
trabajo te vas a tirar con un gordo hijo de puta.
Enrique se quedó anonadado,
sorprendido, fuera de sí. Tras un corto silencio, Enrique recobró el dominio de
su voz y admitió:
––¡Perdóname, por favor! No sabía cómo decírtelo.
––Eres una mierda–– dijo Ricardo.
Y tras advertir que Enrique tenía los ojos sollozos, añadió ––: Y todavía tienes
la concha de llorar, maldito infeliz. Irte a tirar con otro huevón en vez de
preferirme a mí, éso es algo que no tiene perdón. O sea que te gustaba hacerlo con él que
hacerlo conmigo, ¿no es así, cabro concha de tu madre?
Enrique recibió una ráfaga de
atrevimiento y siguió confesando:
––Bueno, sí. Es que tú eres un pobre estúpido
que siempre para cansado cada vez que quiero tirar. Él me hace todo lo que tú
no puedes, impotente. Me das pena, maricón.
Tal vez Enrique no debió decir
eso, tal vez debió permanecer en silencio y seguir pidiendo perdón, porque tal
respuesta hizo que despertase en Ricardo una ira apremiante, peligrosa.
––Te odio, huevón–– gritó Ricardo,
empujándolo.
––No me empujes, mierda–– gritó
Enrique, dirigiéndose a la puerta ––.Me largo, ya me llegaste al pincho,
impotente de mierda. Y agradece que te diga las cosas en tu cara, sin pelos en
la lengua. No sabes tirar y yo no estoy para perder el tiempo con un looser como tú que solo piensa en su
trabajo. Me tenías abandonado, por eso tuve que refugiarme en él, ya que tú
nunca tenías tiempo para mí, y las pocas veces que te veía te venías en cinco
minutos. Me alegra que te hayas enterado de la verdad, ahora sí déjame en paz,
ya me aburrí y sorry si te hago daño,
pero entiende que esto ya se acabó, game
over.
Entonces, en un destello de ira y
de descontrol, Ricardo le cogió del cuello y lo arrinconó hacía la pared, al
costado de la puerta.
––Pide perdón, pendejo de mierda.
Pide perdón–– gritó.
––Ricardo, me estás ahogando. Suéltame,
me tengo que ir a mi casa.
––No te vas a ir a ningún lado,
cabrón de mala entraña–– gritó Ricardo y siguió ahorcándolo hasta que lo mató.
Ricardo lo soltó y el reciente cadáver cayó al piso, vencido, con los ojos
abiertos. “Se me fue la mano, por la puta madre”, se dijo a sí mismo, sin poder creer lo que acaba de
cometer.
Dos horas más tarde y tras un
exhaustivo dilema, Ricardo sabía que entregarse a la policía no sería una buena idea, acabaría con su
vida, no quería pasar casi toda su vida en prisión, de modo que tomó fatal decisión:
cogió una sierra y descuartizó el cadáver de su ex novio en varias partes. Sacó de su
habitación tres maletas y en cada una de ellas guardó distintas partes del cuerpo.
Le echó aromatizantes y salió de casa.
Tardó dos noches para dejar las
maletas en distintos lugares de Lima. Una maleta la dejó en la ciudad de
Huacho, otra en el Centro de Lima y, la última, en un pueblo de la sierra
limeña. Creyó que la policía nunca daría con su paradero, pero se equivocó. Meses
después, Ricardo cayó. La noticia fue un boom mediático, todo el Perú estaba
enterado del crimen feroz y sanguinario que Ricardo había perpetrado.
Ricardo Vásquez Mori jamás creyó
que aquella noche de invierno en donde solo pensaba poner fin a su relación con
Enrique, terminaría matándolo de la manera más atípica y brutal. Nunca creyó que
a los treinta años se convertiría en un psicópata que asesina y corta a su víctima en varias partes con una muy afilada sierra. Por consiguiente, nunca se imaginó, ni en sus sueños más
inconfesables, que un día de mayo terminaría saliendo en las portadas de los
diarios peruanos e internacionales como el ‘Descuartizador de Lima’.
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