viernes, 21 de septiembre de 2012

EL DESCUARTIZADOR DE LIMA

Jorge Daniel Sánchez Chávez



    Es madrugada en Lima. Ricardo está en casa esperando a su novio. Se encuentra invadido por una ira inquietante, pues todavía tiene el amargo recuerdo de lo que ocurrió el día anterior: le llegó un sobre cuyo contenido tenía dos fotos en donde salía Enrique, su novio, siéndole infiel con otro hombre. 
    Sentado en su sofá, bajo el silencio de su departamento y echando una pitada a su cigarrillo, Ricardo se siente traicionado, no entiende por qué lo ha engañado. Espera con ansias la llegada de Enrique, quiere verlo, espera escuchar sus explicaciones, quiere saber por qué lo ha hecho. En fin, está decidido a poner fin a su relación.

  Ricardo conoció a Enrique hace cinco años, en un concierto folclórico. Ambos se enamoraron de inmediato, con la mirada cómplice que se deslizaron al verse por primera vez. Desde entonces tuvieron una relación clandestina, basada en fidelidad pero siempre con suma discreción.

   Es una fría y sosegada noche de invierno, el cielo luce tan lúgubre y sombrío como el corazón destrozado de Ricardo. Está esperando que Enrique llegue para poner fin a este cataclismo de amor que comenzó hacía media década atrás.

Más tarde, Ricardo oyó el timbre. "Por fin llegó el hijo de puta", pensó. Se incorporó y caminó a abrir la puerta y, en efecto, era Enrique que acababa de llegar.

Hola, mi amor dijo Enrique, dándole un beso.

Ricardo correspondió fríamente el beso.

¿Puedo pasar?– preguntó Enrique.

   Ricardo le hizo un ademán indicándole que entre. Entonces entró en el departamento y ambos fueron a sentarse a la mesa.  Enrique le preguntó qué sucedía. “Nada”, respondió Ricardo, mirándolo a los ojos con una intensidad rencorosa que hizo que Enrique se alarmase. Ricardo le preguntó:

¿Tira rico ese hijo de puta, verdad?

Hubo un breve silencio

No sé de qué me estás hablando respondió Enrique con creciente nerviosismo.

Ricardo se puso de pie y se acercó a interrogarlo.

No te hagas el loco, huevón de mierda. Ya me enteré de todo le dijo, alzado levemente la voz. Sé lo que hiciste ayer. Hace dos semanas contraté a un detective y con él me acabo de enterar que después del trabajo te vas a tirar con un gordo hijo de puta.

Enrique se quedó anonadado, sorprendido, fuera de sí. Tras un corto silencio, Enrique recobró el dominio de su voz y admitió:

–¡Perdóname, por favor! No sabía cómo decírtelo.

Eres una mierda dijo Ricardo. Y tras advertir que Enrique tenía los ojos sollozos, añadió : Y todavía tienes la concha de llorar, maldito infeliz. Irte a tirar con otro huevón en vez de preferirme a mí, éso es algo que no tiene perdón. O sea que te gustaba hacerlo con él que hacerlo conmigo, ¿no es así, cabro concha de tu madre?

Enrique recibió una ráfaga de atrevimiento y siguió confesando:

Bueno, sí. Es que tú eres un pobre estúpido que siempre para cansado cada vez que quiero tirar. Él me hace todo lo que tú no puedes, impotente. Me das pena, maricón.

Tal vez Enrique no debió decir eso, tal vez debió permanecer en silencio y seguir pidiendo perdón, porque tal respuesta hizo que despertase en Ricardo una ira apremiante, peligrosa.

Te odio, huevón– gritó Ricardo, empujándolo.

No me empujes, mierda gritó Enrique, dirigiéndose a la puerta .Me largo, ya me llegaste al pincho, impotente de mierda. Y agradece que te diga las cosas en tu cara, sin pelos en la lengua. No sabes tirar y yo no estoy para perder el tiempo con un looser como tú que solo piensa en su trabajo. Me tenías abandonado, por eso tuve que refugiarme en él, ya que tú nunca tenías tiempo para mí, y las pocas veces que te veía te venías en cinco minutos. Me alegra que te hayas enterado de la verdad, ahora sí déjame en paz, ya me aburrí y sorry si te hago daño, pero entiende que esto ya se acabó, game over.

Entonces, en un destello de ira y de descontrol, Ricardo le cogió del cuello y lo arrinconó hacía la pared, al costado de la puerta.

Pide perdón, pendejo de mierda. Pide perdón– gritó.

Ricardo, me estás ahogando. Suéltame, me tengo que ir a mi casa.

No te vas a ir a ningún lado, cabrón de mala entraña gritó Ricardo y siguió ahorcándolo hasta que lo mató. Ricardo lo soltó y el reciente cadáver cayó al piso, vencido, con los ojos abiertos. “Se me fue la mano, por la puta madre”, se dijo a sí mismo, sin poder creer lo que acaba de cometer.

    Dos horas más tarde y tras un exhaustivo dilema, Ricardo sabía que entregarse a la policía no sería una buena idea, acabaría con su vida, no quería pasar casi toda su vida en prisión, de modo que tomó fatal decisión: cogió una sierra y descuartizó el cadáver de su ex novio en varias partes. Sacó de su habitación tres maletas y en cada una de ellas guardó distintas partes del cuerpo. Le echó aromatizantes y salió de casa.
Tardó dos noches para dejar las maletas en distintos lugares de Lima. Una maleta la dejó en la ciudad de Huacho, otra en el Centro de Lima y, la última, en un pueblo de la sierra limeña. Creyó que la policía nunca daría con su paradero, pero se equivocó. Meses después, Ricardo cayó. La noticia fue un boom mediático, todo el Perú estaba enterado del crimen feroz y sanguinario que Ricardo había perpetrado.

    Ricardo Vásquez Mori jamás creyó que aquella noche de invierno en donde solo pensaba poner fin a su relación con Enrique, terminaría matándolo de la manera más atípica y brutal. Nunca creyó que a los treinta años se convertiría en un psicópata que asesina y corta a su víctima en varias partes con una muy afilada sierra. Por consiguiente, nunca se imaginó, ni en sus sueños más inconfesables, que un día de mayo terminaría saliendo en las portadas de los diarios peruanos e internacionales como el ‘Descuartizador de Lima’.

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