domingo, 30 de septiembre de 2012

Y un día, apareció mi padre


Cierto día, después del desayuno, cuando pretendía ir a trabajar, vi aparecer, desde las escaleras, un hombre de cabellera blanca,; tal vez a primera vista no se me ocurría quien podría ser, tal vez la preocupación de llegar temprano al trabajo nublo mi frágil mente y sin ninguna importancia baje las angostas escaleras.

!Buenos días!, se pronunció el anciano, solo presentí algo extraño, esa voz, esa voz me es familiar. !Hola hijo!-Era mi padre que, después de muchos años, volvía.

En un principio podría haber dudado, pero ese rostro, tan arrugado, vaya que se parece a mí.

Salimos de las escaleras rumbo a la puerta de salida, sin importar ya el trabajo, nos sentamos frente al parque, me dijo el porque de su visita: hijo, lo siento, tengo que hablar de nuestro distanciamiento.

Aún no salía de mi asombro, pues yo nunca había conocido a mi padre, intentó explicar lo inexplicable-su abandono.; yo aún creía que no tenía sentido, que el tiempo había hecho lo suyo, además, a su edad, no era necesario, pero insistió.

Mi padre dijo que no existe excusa alguna para justificar su abandono, que cuando uno es joven solo espera no tener responsabilidades, y creyó no poder con su primer y único hijo, pues bien o mal, no pudo tener más hijos, solo pudo lograr lo que se propuso, es decir lo material: el dinero, relativa fama, pero el amor de un hijo nunca lo tuvo.

Ya era muy tarde, y al irse él me dijo : Ojala algún día me perdones. No padre yo no soy nadie para perdonar, no te guardo rencor, es más, me alegra haberte conocido, aunque tu tengas 90 años y yo 70.



Por : Jaime Navarro Huarca

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