Cierto día, después del
desayuno, cuando pretendía ir a trabajar, vi aparecer, desde las escaleras, un
hombre de cabellera blanca,; tal vez a primera vista no se me ocurría quien
podría ser, tal vez la preocupación de llegar temprano al trabajo nublo mi
frágil mente y sin ninguna importancia baje las angostas escaleras.
!Buenos días!, se pronunció el anciano, solo presentí algo extraño, esa voz, esa
voz me es familiar. !Hola hijo!-Era mi padre que, después de muchos años, volvía.
En un principio podría haber
dudado, pero ese rostro, tan arrugado, vaya que se parece a mí.
Salimos de las escaleras rumbo a la puerta de salida, sin importar ya el
trabajo, nos sentamos frente al parque, me dijo el porque de su visita: hijo,
lo siento, tengo que hablar de nuestro distanciamiento.
Aún no salía de mi asombro,
pues yo nunca había conocido a mi padre, intentó explicar lo inexplicable-su
abandono.; yo aún creía que no tenía sentido, que el tiempo había hecho lo
suyo, además, a su edad, no era necesario, pero insistió.
Mi padre dijo que no existe
excusa alguna para justificar su abandono, que cuando uno es joven solo espera
no tener responsabilidades, y creyó no poder con su primer y único hijo, pues
bien o mal, no pudo tener más hijos, solo pudo lograr lo que se propuso, es
decir lo material: el dinero, relativa fama, pero el amor de un hijo nunca lo
tuvo.
Ya era muy tarde, y al irse
él me dijo : Ojala algún día me perdones. No padre yo no soy nadie para
perdonar, no te guardo rencor, es más, me alegra haberte conocido, aunque tu
tengas 90 años y yo 70.
Por : Jaime
Navarro Huarca
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