Hoy se cumplen diez años, pero el recuerdo todavía está ahí.
A veces uno no sabe lo que es tener libertad hasta que se la quitan. Perderte
la niñez de tus hijos, que tu familia te dé por muerto y se mude a otro lugar,
mientras tu tengas que seguir pudriéndote en tu país, viviendo una vida que no
es la tuya en ese mismo país que te encerró de manera injusta solo por pensar
diferente a ellos y alzar tu voz contra lo incorrecto ¿Pero qué es lo correcto?,
creo que depende de donde se mire.
Miro atrás y no me arrepiento de lo que hice. Si tuviera que
alzarme en contra de Guzmán, lo haría con gusto nuevamente, aunque sería más
precavido. Hoy es siete de abril, tal vez un día no muy especial para muchos,
pero para mí, el día más especial, ya que ese día, volví a nacer, aunque me
hubiera gustado estar con él.
Mi hermano estaba en prisión junto a mí, bueno, en realidad
no era mi hermano de sangre, pero compartirnos cinco años juntos en una celda, conociéndonos,
confiando el uno del otro, y planeando nuestro escape. El Frontón, nuestra prisión,
era (y sigue siendo) una de las más peligrosas de Perú, siempre que puedo
explicar que tal peligrosa era digo que cada mes había por lo menos veinte
muertos y cada semana había aunque sea una explosión de granada, tirada por alguna
pandilla a sus rivales. Además era una de las más seguras, no por el personal, sino
por su geografía, ya que se encontraba en una isla y el puerto más cercano
estaba a más de cinco kilómetros por mar.
Aun recuerdo mi celda, mi hogar. Era un cuartucho pequeño y
para dos personas aun más pequeño, era estrecho, tanto que si estirabas ambos
brazos hacia su respectivo costado, podías tocar las paredes laterales al mismo
tiempo. Teníamos uno de los pocos camarotes de cemento que tenia la prisión y
eso era ya un privilegio. El inodoro al extremo de la celda era lo más
pintoresco de la celda, ya que mientras todo era de un color gris, este era de
color verde, aunque nunca supe si ese era su verdadero color, porque nadie
nunca lo limpio. No teníamos ventanas, pero si teníamos luz en las noches, ya
que nuestra celda estaba cerca a uno de los patios y a la vez cerca de la
puerta principal de la prisión, y a través de los barrotes de la puerta
ingresaba la luz de la luna que era suficiente para nosotros.
Nunca pregunte sobre su apellido, porque nunca fue
conveniente saberlo, porque así teníamos más confianza entre nosotros. “Yo no
necesito saberlo, nosotros somos familia, somos hermanos, eso me basta”, me
dijo alguna vez Alejandro, mientras se arreglaba el cabello en un espejo
imaginario. Alejandro era un motociclista que llevaba propaganda en contra Guzmán
de pueblo en pueblo, era de estatura media con una cara que podíamos calificar
como un rostro de novela, pero que siempre haría del malo ya que de su rostro
casi perfecto le salían unos bigotes hasta el mentón. Era muy esbelto y su
cuerpo no tenía nada que envidiar a los atletas o modelos, pero todo se
derrumbaba cuando escuchabas su voz, que tenia la particularidad de ser fino
como de mujer. Siempre se ponía, tenga la ropa que sea, su gorrito tipo boina
que hacía, según él, que se pareciera más a su ídolo, Ernesto “Che” Guevara. “Quisiera
ser como ese loco, pero sin algunas de sus ideas comunistas, aunque por su
moto, ¿Quién sabe? O no foto maniaco”. Me decía foto maniaco porque nunca me
pudo decir fotógrafo, que era mi trabajo antes de la cárcel, nunca le pregunte el
porqué no podía decirlo, yo tenía curiosidad, pero respetaba su privacidad.
Aunque nunca llegó adivinar donde trabaje, pero la verdad pienso que nunca le
intereso, ya que la única vez que me pregunto sobre eso, le dije “en un diario
bien comercial”, y jamás me volvió a hablar del tema.
Ese siete de abril íbamos a escapar, teníamos todo planeado,
la puerta estaba al frente de nuestra celda, entre ambas una canchita de futbol
que era de uso exclusivo de los guardias, solo teníamos que cruzar y listo,
aunque luego nos dimos cuenta que sería más difícil que eso. Aprovechamos el
momento en que como cada noche todos los miembros de seguridad se iban a ver en
el televisor del alcaide el programa del barbón de Abimael. Entonces abrimos la
puerta de la celda con una ganzúa que mis amigos de fuera me enviaron dentro de
un pastel de cumpleaños, Alejandro tomo
el arma que tenía guardada hace cinco años con las únicas seis balas que teníamos,
cruzamos corriendo la canchita y pasamos la puerta.
Estábamos felices, hasta que nos topamos con la realidad, teníamos
que llegar a la verdadera puerta principal, ya que esa puerta que pasamos era
la primera de tres. Todo el camino a la única salida era en línea recta. Llegamos
a la segunda puerta que fue fácil de pasar ya que estaba sin seguro, teníamos dos
caminos uno recto que nos llevaba a la tercera puerta y uno que doblaba desde
la segunda puerta hacia la derecha, que llevaba al despacho del alcaide, así
que nos dirigimos a esa última puerta que nos acercaba a nuestra libertad.
La tercera puerta fue más difícil de abrir ya que no teníamos
la llave, y en un intento desesperado Alejandro tomo la ganzúa la rompió.
Tuvimos que quitar el candado de un balazo, pero el sonido fue tan fuerte que
se escucho en toda la prisión ya que esa línea recta por dónde íbamos era como
un mundo distinto al de la prisión, todas las paredes estaban con mayólicas hasta
la altura de la cabeza de una personas, estas que hicieron que el sonido de la
bala fuera aun más ruidosa. Antes de tirar del gatillo y mientras Alejandro
peleaba con la ganzúa pude observar ese ambiente surrealista para nosotros.
Aparte de lo que dije, también había arriba de las mayólicas, pinturas y fotografías
de la “gloriosa lucha armada”, de la “entrada triunfal” de Guzmán a palacio, y de
las ejecuciones del cholo de cabana, del orador del Alfonzo Ugarte y del chino y
su siamés, el resto de las paredes y techo pintadas con color rojo y en algunas
zonas el logo de la oz y el martillo.
Cuando abrimos la tercera puerta, empezamos a correr con
todas nuestras fuerzas hacia la salida que estaba custodiada por dos guardias
que, como me enteraría después, eran los únicos que no iban al despacho del
alcaide ya que tenían su propio televisor además de ser la primera y última línea
defensiva ante cualquier ataque desde dentro o fuera de la prisión. Cuando
escucharon el ruido ambos voltearon y ni bien voltearon Alejandro les disparo
al cuerpo y gasto todas las balas restantes, ambos cayeron muertos, ahora pienso
que nunca se dieron cuenta que estaban a punto de morir. Nosotros empezamos a
arrastrar sus cuerpos para extraerles sus armas y su ropa para poder escapar en
uno de los barcos del puerto. Pero cuando estábamos a punto de hacerlo los
guardias que venían de la oficina del alcaide empezaron a disparar, solo
pudimos sacar uno de los cuerpos fuera de la entrada principal. Alejandro tomo
las dos metralletas que tenían y empezó un fuego cruzado en contra de los
guardias. Nunca olvidare lo que me dijo después de que iniciaron los disparos.
“Mi querido hermano foto maniaco, el destino quiso que
encontrara a mi única familia en una celda asquerosa por eso le agradezco haber
estado ahí. Sabes, nunca lo admití, pero de los dos tú eres el más importante,
ya que tú posees un poder mayor que cualquiera en el mundo, el poder de
retratar, retratar y denunciar el trato de este corrupto presidente, de este
gobierno de mierda que aplasta sin piedad a quienes se oponen. Tú te tienes que
salvar, vete al extranjero. Toma, estos son documentos falsos que obtuve hace
un año para ambos, los compre en el mercado negro, con esto puedes volar a
Brasil y de ahí a Estados Unidos y denunciar el trato de esta dictadura y
empezar a liberar a nuestro país. Ve, y cuéntales mi historia, tu historia,
nuestra historia. No llores, te prometo que voy a estar bien, acabare con estos
guardias y me escapare nadando, estoy seguro que en un futuro nos vamos a
encontrar y te juro que esta vez las cervezas las pago yo.” Después de eso corrí
hacia el puerto, sin mirar atrás, solo escuchaba la infinidad de balas, que
resonaban en toda la isla, tomé el primer bote que pude y salí rápidamente hacia
el Callao.
Hice todo lo que me dijo Alejandro que hiciera, fui a
Brasil, luego a Estados Unidos, llegue a Manhattan, a la sede de la ONU y junto
al representante peruano que felizmente no era del régimen senderista,
denunciamos estos maltratos. Hoy 10 años después, puedo decir que el país no está
liberado, aun Guzmán sigue gobernando, siguen habiendo arrestos ideológicos ¿y qué fue de mi vida? Bueno,
aun tenía que liberar al país, pero primero me cambie de identidad, luego me inscribí
en el “gran” partido sendero luminoso y fui escalando posiciones, ahora soy uno
de los doce consejeros del barbón.
¿Y qué paso con Alejandro?, paso lo que sabía que había pasado
pero por un tiempo me negué a aceptarlo, justamente vengo de visitar su tumba,
le deje una cerveza como acordamos ese día de la fuga, aunque yo la tuve que
pagar como siempre, esta vez no me importo. No me importo porque hoy estoy
feliz, porque voy a cumplir mi misión, la misma misión por la cual me he
preparado desde que regrese al Perú y me uní ese partiducho… matar al
presidente Abimael Guzmán.
Por: Ricardo Mariño Reyes
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